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  • Edgar Allan Poe

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    Retrato del escritor Edgar Allan Poe / Óleo sobre tela de 55 x 46 cm /Colección particular.

     

    Entrevista completa  

    Sólo los separa el Leteo; casi puede tocarla. El autor se dispone a atravesar la cautivadora corriente, aun a riesgo de quedar aprisionado en el Hades. Pero entonces lee en sus ojos: ella ya no es su Virginia, ya no le reconoce. Súbitamente el grácil cuerpo se pliega. Tras el violento golpe de tos, ella observa el cándido pañuelo con resignación y tibia melancolía. Muestra al desconocido la mancha que se extiende implacable. Le ofrece un adorable mohín a modo de disculpa. Se hace tarde; debe regresar a casa.

    A miles de kilómetros, las olas del mar gélido rompen contra los acantilados. Es octubre y hace frío, pero la ventana abierta aguarda el improbable regreso de Annabel.

    “¡No cerréis el ataúd, ella aún vive!”. El escritor despierta sobresaltado. Las lágrimas han fluido inconscientemente mientras dormía sobre su escritorio, y ahora es su último poema el que parece llorar ríos de tinta. Sabe que regresará junto a ella, pero no puede esperar todo un día. Entonces abre el cajón que siempre permanece cerrado con llave y, fingiendo no ver los insidiosos recortes de periódico, extraer el precioso frasquito. Aprieta los labios contra la fría boca y bebe de ese beso lenitivo. Tras algunos minutos, la voz infantil acude acompañada por el lánguido lamento del arpa que ella solía tocar. Revolotea tímidamente por la habitación. Cuando está a punto de posarse en su hombro, el sombrío cuervo grazna “nevermore” y el animalito huye asustado.

    Lo persigue por un Baltimore desierto, entre los glaciares y la bruma de los opiáceos y el alcohol, hasta caer exhausto. No se resiste cuando un vagabundo le propone que intercambien sus chaquetas.

    Siente tanta piedad que finalmente decide entregársele. No ve esas ropas raídas que ni siquiera le pertenecen. Ella sabe quién es él realmente, no necesita leer los recortes de su cajón. Bajo el tupido velo de novia, Edgar reconoce inmediatamente el rostro pálido como la nieve: la ha cortejado desde su juventud. La enorme figura etérea avanza con los brazos abiertos, dispuesta a acogerle en su seno. Esta vez, para siempre

    En Tierra Inexprorada, Salomé Guadalupe Ingelmo